João Vasconcelos Costa              24.03.2010    
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EDUCAÇÃO SUPERIOR
A educação superior em Portugal: artigos, opiniões e documentos - Higher education in Portugal: papers, opinions, documents
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A INQUIETUDE PERMANENTE

jgm

Director do Centro de Estudios en Gestión de la Educación Superior da Universidad Politécnica de Valencia

La universidad, al borde de un ataque de nervios

JOSÉ-GINÉS MORA

Nada es más frustrante que tener casi todo lo que hace falta para conseguir algo importante y no poder alcanzarlo porque te falla un detalle. Algo así como preparar una paella, buscar los mejores ingredientes, poner todos los esfuerzos y darse cuenta, cuando está servida, de que se te olvidó la sal. Esta situación de frustración es la que vive desde hace unos años la Universidad española. Las universidades están en condiciones de avanzar, de mejorar sensiblemente su calidad y su eficacia, de adaptarse a la sociedad del conocimiento y al Espacio Europeo, pero están enredadas en una especie de tela de araña que les impide dar ese salto. Vayámonos al principio de los 80: universidades burocratizadas, planes de estudios decimonónicos, financiación paupérrima, investigación casi inexistente, relaciones casi nulas con el entorno... Veinte años después, el cambio es radical: la investigación publicada se ha multiplicado por cinco, la financiación por cuatro... las relaciones con el entorno son ya importantes, somos el primer país Erasmus, la mitad de la población accede a la Universidad, tenemos infraestructuras que ya quisieran muchos otros…

Todo esto es verdad, pero no acabamos de desprendernos de un cierto tufo de mediocridad. Lo realmente frustrante es que lo más costoso y difícil está hecho, la oruga ha crecido y es ya una mariposa, pero no acaba de romper el capullo y empezar a volar.

Esta sensación de que las mejoras habían sido muchas, pero hacia falta una segunda reforma era generalizada en el año 2000 cuando se publicó el Informe Bricall. Este informe fue una buena radiografía de la Universidad española. Los problemas y las posibles soluciones estaban allí. Aquel informe abrió las expectativas de un cambio estructural, pero desde entonces sólo hemos vivido frustraciones. Joaquín Almunia declaraba en la campaña de las elecciones generales de aquel año: «El programa universitario del PSOE es el Informe Bricall». A continuación, el Gobierno del PP trató de hacer una reforma mal diseñada en origen (¿por qué un partido que pretende ser liberal diseña una ley tan poco liberal?) y peor contestada por la oposición (¿por qué se olvidó tan pronto el programa político del año anterior?). El resultado fue una (No-)Ley que no cambió nada sustancial, pero que ha pospuesto la reforma necesaria. Con el PSOE otra vez en el Gobierno, una de las responsables de aquel informe fue nombrada ministra. ¿Qué pasó con las ideas de aquel informe? Nada. Y ahora, sobre una base tan débil como la LOU, se está intentado hacer un apañito (por favor, no sigan por ahí, que estamos ya al borde del ataque de nervios).

Las tonto-reformas de estos últimos años han tenido otro efecto negativo: España ha quedado rezagada del proceso de Bolonia. Lo peor no es rezagarse (tampoco es tan grave), lo grave es hacerlo mal. La Declaración de Bolonia afirma que la educación superior europea debe hacerse más competitiva y atractiva a escala mundial, más enfocada a contactar con las necesidades sociales y más comparable entre los distintos países. Da la impresión que sólo se piensa en el último objetivo. El proceso se está llevando a cabo de un modo tan confuso que es difícil simplemente entender qué se pretende. Lo de empezar implantando los títulos de posgrado, sin saber qué es el grado, ni tampoco qué va a ser el doctorado pasará a los anales...

Admiro a los responsables académicos de las universidades, especialmente a los de posgrado: que se sepa, todavía ninguno ha perdido los nervios. ¡Ya es mérito!

En este alejamiento de las tendencias internacionales, es curioso comprobar cómo en nuestro país pasa desapercibida la llamada Estrategia de Lisboa en educación superior. Las últimas comunicaciones de la Comisión Europea (CE), dentro de esta estrategia, señalan la necesidad de modernizar la educación superior europea. Se recomiendan tres ejes de actuación, que, en mi opinión, son exactamente los que necesita la educación superior española. Son éstos:

a) Reforma curricular. Es necesario transformar unas enseñanzas que se diseñaron para dar respuesta a las necesidades de la era industrial a otras destinadas a satisfacer las necesidades de una nueva sociedad. ¿Alguien cree que las propuestas de nuevos títulos de grado y máster que han aparecido en los últimos meses cumplen ese objetivo? Y cuando se pongan en marcha, ¿no se convertirá todo otra vez en un apaño para dejar a todos contentos sin cambiar nada?

b) Mejor financiación. No es posible tener mejores universidades sin mejores recursos. Mejores y no solamente «más» recursos. Hacen falta más recursos para tener universidades de primer nivel mundial, pero hace falta, sobre todo mecanismos de financiación que mejoren la eficacia. ¿Alguien piensa que es posible mejorar la eficacia del servicio público universitario sin mayor participación privada y sin aumentar la competencia por la financiación pública?

c) Mejor gobierno y gestión. Los actuales mecanismos de gobierno y gestión son inapropiados para gestionar instituciones flexibles y dinámicas que den respuesta a las necesidades cambiantes de la sociedad de conocimiento. ¿Alguien piensa que unas universidades con grandes limitaciones en la autonomía de gestión, no gobernadas profesionalmente, y con un personal funcionario, pueden responder con agilidad a las necesidades de la nueva sociedad?

En España, la clave es reformar el sistema de gobierno de las universidades, porque sin ese cambio no parece posible alcanzar ninguna otra meta. Esto significa:

  • abandonar el modelo asambleario de funcionamiento en el que todos somos responsables de todo (en realidad, de nada), por un modelo en el que las responsabilidades estén definidas y personalizadas;
  • abandonar privilegios decimonónicos (¿en qué año del siglo XXI desaparecerá por fin el funcionariado de las universidades?);
  • abandonar los mecanismos de coordinación universitaria modelo café para todos que sólo sirven para imponer más rigidez (es curioso que mientras la CE recomienda a los Estados miembros que dejen a las universidades fijar sus planes de estudio, en España el Estado se reserva el 70% de los planes, ¿alguien en este país lee las recomendaciones europeas?);
  • y, sobre todo, establecer sistemas rigurosos de garantía de calidad y de rendición de cuentas. Sobre estos últimos, y únicamente sobre éstos, los gobiernos deberían controlar rigurosa y, si llegara el caso, punitivamente.

Cambiar el sistema de gobierno de nuestras universidades, lo demás se dará por añadidura, es una cuestión de voluntad política. No conozco de nada a la nueva ministra. Sólo sé que lleva los apellidos de uno de nuestros más ilustres científicos y de un político sensato. Espero que use la sensatez política para que la ciencia y la Universidad se sitúen donde podrían estar si alguien se decide por fin a liberar las amarras. Venga…, ánimo, que los universitarios comprometidos con el futuro de nuestros ciudadanos la apoyaremos. En el medio plazo, tras alguna algarabía callejera orquestada por los defensores de los privilegios, el país entero lo agradecerá. Tendremos por fin unas universidades capaces de cumplir con su único objetivo: ayudar al progreso cultural, social y económico de los ciudadanos. Además, los universitarios (no todos, sólo los que trabajamos) dejaremos de estar permanentemente al borde de un ataque de nervios.

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